El Friki es un ente fetichista y, como tal, venera los objetos que colecciona y los trata con un mimo que rara vez entienden las personas ajenas a sus aficiones (las del Friki). Dentro de ese grupo que no comparte esta clase de fetichismo hay un personaje que provoca en el Friki, cuanto menos, una ligera inquietud que, en las circunstancias adecuadas, puede derivar en odio furibundo y violencia física (o al menos el deseo de practicar la misma). Un personaje al que, a falta de un término más ingenioso, llamaremos el Antifriki.
El Antifriki no es esa persona que no comparte las aficiones del Friki pero las contempla con el mismo respeto que el Friki sentirá por el aficionado (civilizado) al fútbol o a la ópera. El Antifriki no siente respeto. Rebosa suficiencia, cuando no franco desprecio. El Friki, a menudo cultivado e inteligente, reprimirá sus deseos oscuros hacia el Antifriki por educación, que es más de lo que el Antifiki hará por el Friki.
El santuario del Friki es un lugar al que pocos elegidos logran acceder. Allí reposan las preciadas colecciones del Friki, perfectamente organizadas en estantes, como trofeos de caza. Si un Antifriki entra en este sancta-sanctorum no tardará en posar su turbia mirada en la colección de tebeos: varios estantes con la madera combada por el peso, rebosantes de cómics. El ceño del Antifriki se fruncirá como una pasa y dedicará una mirada de desprecio a su anfitrión. No hacen falta palabras, su expresión lo dirá todo: “¿De verdad inviertes tu dinero y tu tiempo en todos estos tebeos? ¿Qué tienes, cinco años?”. Y entonces dejará de morderse la lengua y soltará lo de “¿Y tienes cada tebeo metido en una bolsa?”.
“Mira, chaval: no se llaman bolsas. Se llaman fundas. Fundas, ¿vale? Y protegen mis cómics del polvo y de tus manazas grasientas. Y… Y… ¡Maldita sea, me has obligado a decirlo! ¡Y conservan su aroma!” Bueno, seguro que el Friki no le suelta lo de las manazas grasientas. Ni lo del aroma, claro. Si le dice lo del aroma, el Antifriki va a estar descojonándose una semana.
El Antifriki lanzará sus zarpas sobre esos cómics e, invariablemente, cogerá la más preciada joya de la colección. Sacará el cómic de la funda (“¡funda!, ¿lo oyes?, ¡FUNDA!”) y lo abrirá como una maruja abre el Pronto o el Hola en la peluquería. Existen estudios que demuestran que el sonido de la cola del lomo de un cómic al despegarse ha provocado más ataques de ansiedad que estar agazapado en una trinchera en medio de una lluvia de obuses. He visto Frikis desmayarse ante la petición de un Antifriki de que le preste un cómic.
¿Y las figuras de resina? El Friki tiene su Hellboy de dos palmos iluminado por ese foco rojo que compró a propósito. El Antifriki se acerca, ¡y le acaricia los cuernos! El Friki reza a Cthulhu para que Hellboy cobre vida y haga uso de su descomunal puño. Pero el rojo no mueve un dedo, y el Antifriki se aleja hacia los muñecos articulados y (con la misma expresión de suficiencia que esgrimió al ver los cómics envueltos en FUNDAS) se pone a moverles los brazitos y a poner vocecitas. El Friki se agarra a la pared para no desplomarse.
Vale, visto lo visto, este Antifriki no volverá a pisar el santuario. Jamás debió hacerlo, pero al menos el Friki ha aprendido la lección. Pero, ¿qué ocurre esa noche en que el Friki saca sus juegos de mesa? Está demostrado que los Antifrikis sienten verdadera fascinación por la fuerza de la gravedad. Es más: adoran demostrar su existencia con los componentes de los juegos de mesa. Siempre (¡siempre!) se las apañan para mandar al suelo alguna figurita de plástico/fichita de cartón/cubito de madera/dado. Y luego está lo de la comida. La cantidad de grasa que contienen los aperitivos que consume un Antifriki (con sus manazas, claro) en una velada de juegos es directamente proporcional al cariño que el Friki le tenga a los componentes de su juego de mesa. Para cuando acabe la partida, el Antifriki se habrá encargado de engrasar todas las figuritas. Ahora que están bien aceitosas, al Friki se le ocurre una siniestra combinación entre esas piezas y ciertas partes de la anatomía de su Némesis. ¿Y si el juego es-de/tiene cartas? “Vamos a ver: ¿Qué necesidad tienes de estrujarlas de esa manera? ¡No pueden defenderse, maldito cobarde! ¿Te digo lo que puedes estrujarte?”
Estamos, en definitiva, ante dos entes irreconciliables. Dos energías opuestas que no deberían aproximarse mutuamente. Cuando el Friki y el Antifriki se reúnen en una habitación se masca la tragedia . El Antifriki mostrará su sonrisa torcida y despectiva. El Friki reprimirá su hostilidad, no siempre con éxito y luego, en su santuario, olerá sus cómics mientras piensa en la miel y el asno.
